LA PIEL DE ALBERTO
Los curas eran estrictos con los horarios. Los alumnos se levantaban a las 6 y media hora después se servía el desayuno. Así con todo: las clases y recreos; la hora del baño, las actividades físicas y la comida. A las 20 cenaban y a las 21 se apagaban las luces.
Era agosto, soplaba el viento Norte y la noche estaba pesada. Casi 60 años después, Alberto recordó aquel momento como si fuese hoy, inyectado en bronca por lo que pudo haber pasado.
Apuró el mate y recordó: “Mi hermano, que en ese entonces tenía 10 años, llegó corriendo a la pieza y noté que estaba asustado. Le pregunté qué pasó y me dijo nada. Yo tenía 12, también era chico, pero sabía que algo había pasado e insistí para que me cuente. Tardó un rato, pero al final me contó que un cura del colegio le dijo que iban a hacer lo que el hombre hace con la mujer, que le esperaba en su habitación”.
Un reflejo brilloso hizo relampaguear su mirada, a pesar del tiempo transcurrido desde aquella noche, donde perdió la inocencia por culpa de un degenerado con sotana.
Con el recuerdo vivo, contó que abrazó a su hermanito, le preguntó si de verdad el cura no le hizo nada y lo acompañó a acostarse. Lo tapó y le dijo: “Ya vuelvo, no te levantes”.
Alberto apenas tenía 12 años, pero el instinto de su sangre en riesgo lo dotó de un valor que no sabía que poseía. Fue hasta donde estaba el director -también un cura- y le contó lo que había pasado. Al otro día, el sacerdote señalado ya no estaba en el colegio. Nunca más lo vieron ni supieron de él.
Aquella noche Alberto se hizo hombre, que es lo que sucede cuando uno es capaz de sacarse hasta la propia piel para proteger a un ser amado.
Dedicado a Alberto
(Imagen ilustrativa)



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