SECTOR 4

Ni siquiera los huesos de Felipe Batista descansaron en paz. Desde los ocho años trabajó en yerbales, aserraderos y olerías de la zona fabricando ladrillos, pero nunca le festejaron un cumpleaños ni tuvo un regalo. Murió joven, a los 52, atropellado en la ruta un sábado a la tardecita, cuando volvía a la casa medio averiado de caña.
“Este se va para el Sector 4”, dijo un empleado del cementerio de Oberá, como quien ejecuta un trámite cualquiera, apoyando un pie en el borde de la pala. Nadie fue al entierro.
Sector 4 suena como a película de ciencia ficción. Pero no, así le dicen a la parcela donde sepultan a los que no tienen un mango. Es una especie de comodato cortito, bien para pobres. De ahí su denominación, porque a los cuatro años retiran los restos del difunto y los amontonan en el osario, el depósito de huesos que hay en el cementerio.
Así, la tumba de Felipe quedó libre para otro pobre, claro. Algunos empleados del lugar cuentan que a veces, sobre todo en las noches más oscuras, sienten como una especie de crujido en el osario. Y deben ser ellos -los desalojados-, que se acomodan como pueden, se aprietan y ruegan que nos los vuelvan a echar. Todo por el pecado de no pagar su propio entierro.
(Imagen ilustrativa)


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