ELLA


Siempre andaba loco, de acá para allá haciendo diez cosas a la vez. Priorizó el trabajo, el bienestar económico y que sus hijos tengan lo que a él le faltó, al menos lo material.

Honesto al mango, un día lo convocaron para trabajar en la administración pública, donde proliferan alcahuetes y sinvergüenzas. Él lo sabía, pero creyó que podría con esa lacra. Error. La mentira y la falsedad lo enfermaron. Se sintió usado, traicionado.

Un mediodía, al salir de la oficina, su cabeza entró en cortocircuito y vio cosas que no existían. Estuvo internado y pensó que se moría. La mayoría de los amigos se borraron, los compinches ni aparecieron.

“Pero ella siempre estuvo. Ni sé cómo hizo para aguantarme”, contó una tardecita de calor sofocante. Ella, su mujer, fue su bastón y su timón, su consuelo.

“Yo no hacía nada, sólo me sentaba a verla trabajar y le cebaba mate. Al tiempo, cuando estuve mejor, le dije: mi amor, vos hacés todo esto, y yo me lo perdía por andar a mil con lo mío. Ella me miró, se sonrió y me contestó: pero ahora lo ves, y que lo veas me alcanza porque estás conmigo”, recordó él, con los ojos iluminados de lágrimas de amor agradecido.




(Imagen ilustrativa)

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